viernes, 9 de noviembre de 2018

Nocturno. Una vez más, la noche se hizo interminable. Se me fue extendiendo en el alma como una mancha de alquitrán. Me acosté ligeramente preocupado por asuntos triviales y no tardó, como cabía prever, en empezar el baile. De nada sirvieron esta vez los entretenimientos, los trabalenguas y las respiraciones profundas de que eché mano: imposible dormir. Después de cerca de dos horas de retorcerme como una sabandija entre las sábanas, de inventar sueños, imaginar historias, contar hormigas, de maldecir en arameo y de pedir compasión a dioses demasiado inconcretos (no sé si no responden por eso, pero jamás se dan por aludidos), me levanté como quien presenta su rendición al enemigo. Bandera blanca. Hice todo lo posible por no perder el control y afronté ese tipo de tareas que se van dejando porque o son un engorro o se pueden hacer en cualquier momento: revisé las cuentas del banco, regué las plantas sin necesidad, recogí la cocina y bebí dos infusiones, puse un disco de Adriana Varela (bajito, la vecina de arriba tiene genio) y bailé un candombe en el salón, cambié de sitio los juguetes y las fotos de las estanterías, resolví doce sudokus, descarté la plancha (“cómo vas a estar de pie con la que llevas encima”) y extendí con esmero, ya muy cerca del alba, el edredón de cuadros. No recuerdo entre qué dos ocupaciones, supongo que acorralado por la desesperación, cometí un par de asesinatos. Creo que se dice así: cometí. Es todo tan confuso cuando no puede uno conciliar el sueño. Lo que más me extraña es no tener las manos manchadas de sangre.