Todo
parece indicar que hemos llegado a un punto de no retorno en la
justificación de la desigualdad, de tal manera que solamente quien
haya luchado a brazo partido por no sucumbir a la rentabilidad como
valor supremo tiene, todavía, la osadía de escandalizarse. Aunque
ha de cuidarse bien de no alzar la voz para manifestar su asombro,
salvo que esté dispuesto a soportar la crítica casi unánime de la
gente de orden: “te has quedado trasnochado”, “tampoco conviene
exagerar, no me vas a decir que antes –y se supone que ese antes
engloba la historia íntegra de la humanidad– se vivía mejor”, o
esa fórmula especialmente deleznable: “es necesario aceptar la
realidad, hay cosas que no tienen vuelta de hoja”. Y se quedan tan
campantes. Enfrentado a esas verdades “democráticas” (quieren
decir “mayoritarias”, pero han decidido convertir en sinónimos
esos dos términos) ha de seguir viviendo quien se empeñe en creer
algo tan simple como que la vida de cualquiera vale tanto como la
propia. Ahora como hace dos mil años. En un aislamiento cada vez más
notorio. Y tendrá suerte si eso no lo convierte en un apestado
perseguible de oficio.