domingo, 27 de agosto de 2017

Todo parece indicar que hemos llegado a un punto de no retorno en la justificación de la desigualdad, de tal manera que solamente quien haya luchado a brazo partido por no sucumbir a la rentabilidad como valor supremo tiene, todavía, la osadía de escandalizarse. Aunque ha de cuidarse bien de no alzar la voz para manifestar su asombro, salvo que esté dispuesto a soportar la crítica casi unánime de la gente de orden: “te has quedado trasnochado”, “tampoco conviene exagerar, no me vas a decir que antes –y se supone que ese antes engloba la historia íntegra de la humanidad– se vivía mejor”, o esa fórmula especialmente deleznable: “es necesario aceptar la realidad, hay cosas que no tienen vuelta de hoja”. Y se quedan tan campantes. Enfrentado a esas verdades “democráticas” (quieren decir “mayoritarias”, pero han decidido convertir en sinónimos esos dos términos) ha de seguir viviendo quien se empeñe en creer algo tan simple como que la vida de cualquiera vale tanto como la propia. Ahora como hace dos mil años. En un aislamiento cada vez más notorio. Y tendrá suerte si eso no lo convierte en un apestado perseguible de oficio.