Cualquiera
puede ser un déspota o un héroe, un criminal o un santo, basta que
se den las circunstancias propicias para que cada uno libere
lo que lleva dentro. Es posible, incluso, que la terrible
versatilidad de los seres humanos dé para ser las dos cosas a la
vez: aquel tirano amante de la música, aquel maltratador que se
enternece cuando su perro estornuda, aquel filósofo defensor de la
pena de muerte.