De tarde en tarde, en la intimidad, casi siempre a última hora –como mandan los cánones–, hago recuento de las palabras que se me fueron quedando dentro en el transcurso de los años. Algunas todavía arden como brasas de una timidez asombrosa, a otras se las ve desorientadas, otras son irreconocibles. Metido en harina, extraigo también de sus remotos escondrijos mi colección de insomnios, las sonrisas de oro que no he vuelto a ver, las caricias mejores, las miradas sin trampa, los miedos inservibles, los errores cometidos, los olvidos. Me reconozco en todo ello sin remordimientos, sólo con una leve nostalgia desbaratándose en el alma como los jirones en la niebla. Me acuesto en paz, persuadido de que mañana cada cosa estará de nuevo en su refugio. Quizá no será tarde para decirlo entonces.