Nos enfadamos con la muerte como si a ella no le fuera indiferente.
domingo, 20 de octubre de 2024
martes, 15 de octubre de 2024
El encuentro. El roce fortuito de la falda o la cadera de una mujer hermosa, el halo de embriaguez o de sueño con que impregnan el aire cuando pasan, la naturalidad terrible de los gestos que trazan sin conciencia de que son como el desvelamiento fugaz de un misterio ancestral, el destello más fiel de la belleza, hacen más soportable el camino a la gente como tú. Las miras, a veces, con un principio débil de esperanza. Alguna te devuelve esa mirada sin hipócrita disimulo, como quien dice aquí me tienes, mueve ficha; otra la acompaña con una sonrisa de acuerdo, acaso imaginaria, que promete el cielo. Luego, porque llega el metro a su estación o a la tuya, porque ha pagado ya los libros que ha venido a comprar en el mismo momento que lo haces tú –te anima esa coincidencia– o porque llueve afuera, desaparece sin dejar rastro. Deseas, con el corazón henchido de gratitud, que ella tampoco lo lamente.
viernes, 11 de octubre de 2024
jueves, 10 de octubre de 2024
miércoles, 9 de octubre de 2024
martes, 8 de octubre de 2024
domingo, 6 de octubre de 2024
viernes, 4 de octubre de 2024
miércoles, 2 de octubre de 2024
lunes, 30 de septiembre de 2024
viernes, 27 de septiembre de 2024
jueves, 26 de septiembre de 2024
martes, 24 de septiembre de 2024
Imaginé que dábamos un paseo de la mano y en silencio. Solos en la playa mientras amanecía. Ojalá éste fuera el ritmo de nuestras vidas, murmuraste. Te sugerí que tal vez podrías escribir algo sobre la luz. Me miraste sonriendo: no sabría. Volví al día siguiente a hacer el mismo camino, solo. Quiero decir sin ti. Allí estaba la luz, sobre tus huellas.
domingo, 22 de septiembre de 2024
sábado, 21 de septiembre de 2024
viernes, 20 de septiembre de 2024
jueves, 19 de septiembre de 2024
El dolor más profundo es incomunicable, solo encuentra un efímero refugio en el silencio. Late —daña— con la tenacidad de un corazón. Nadie puede hacerse cargo del dolor ajeno. Tampoco desvelar las raíces en las que se asienta el propio. Nadie puede compartirlo. Tal vez, en el mejor de los casos, aliviarlo con una viejísima herramienta casi en desuso: la ternura.