Una
de las cosas más tristes que compartimos los españoles es nuestra
concepción del diálogo como una batalla. A sangre y fuego.
Utilizamos las palabras como munición para ametrallar al contrario.
No hay forma de escapar. Los que hacen el esfuerzo de no participar en el griterío, lo hacen con
una tristeza que los partidarios de la confrontación
consideran culpable.