Qué paradoja tan sutil comprobar en carne propia que cuando más lentamente nos movemos más cerca estamos del final. Se nota en todo: cuesta lo suyo abrir el bote de la mermelada o cualquier lata de conservas, el equilibrio ya siempre es inestable, agacharse es una aventura de la que cuesta volver, mejor no hablar de los dolores que se instalan aquí y allá con la intención de quedarse, el olvido es como una herramienta que aparece y desaparece encima de cualquier mesa, ni se te ocurra subirte a una banqueta, conviene buscar algún punto de apoyo suplementario a la hora de vestirse o desnudarse, se tarda más en entender algunas cosas, se van perdiendo nombres, fechas, lugares y rostros de personas, no se retiene bien lo que se lee. Pero se mantiene incólume una idea contumaz: no dejes de hacer lo que te identifica como persona, sea lo que sea, defiende tu parcela de verdad, cumple contigo mismo y ríete mientras puedas de todas esas desagradables limitaciones.