jueves, 8 de enero de 2026

Hay momentos en que me da por pensar que todos llevamos a cuestas algo así como dos almas, o una sola dividida en dos por una línea finísima e invisible, como si vivieran de espaldas la una de la otra o nunca llegaran a entenderse del todo. Como esas gentes que viven juntas sin saber en realidad nada unos de otros. Dos almas o dos maneras muy diferentes de afrontar el viento que se lo lleva todo por delante un día cualquiera en uno de sus arranques. Dos actitudes frente a las dificultades, las sorpresas, los miedos, los paisajes, todo. No tanto enemigas como extrañas, desconocidas, hablantes de idiomas muy diferentes. Convivo con ambas sin conflictos dignos de mención aunque no siempre les encuentro el punto de enganche, la frontera, el hilo de conexión que sin duda han de tener. Por pura lógica y por toda una larga vida de convivencia. Porque las siento a ambas  casi desde el principio. Vienen a ser lo más esencial de mí, son yo, me constituyen, me torturan a ratos, se conmueven juntas a menudo, me salvan, me desorientan y me guían. Hay una tan frágil que si uno se descuida hasta parece ajena, o mejor, recién nacida. No sé si es mucho más pequeña o sólo vive oculta dentro de la otra para esquivar los innumerables peligros que acechan en las hendiduras de cada minuto de la vida de cualquiera. Sé que a veces se resquebraja como una de esas finísimas copas de cristal de una transparencia casi mágica que se utilizan en las celebraciones y luego, claro, tarda lo suyo en reponerse. Cuando sucede, una hostilidad sorda, casi imperceptible, se expande por todas partes y entonces la indefensión, el vértigo y el desamparo son absolutos. La otra, mientras, la mundana, la disfrutona, la que se deja ver, la que se entrega a la alegría y al goce a las primeras de cambio, a veces incluso con cierta ligereza, sigue a lo suyo sin percatarse de ese terremoto interior que lo remueve todo. Es en ese punto exacto donde están más lejos la una de la otra, hasta el punto de que llego a temer que se desgajen con la loca intención de marchar cada una por su lado. A ver entonces qué hago yo . La única respuesta posible ―se aprende con los años― es una resistencia silenciosa. Mirar las huellas que quedaron de otras veces en lo que nos rodea. Cobijarse en un rincón que haya servido antes de refugio, sentir el crecimiento de las raíces, escuchar el roce de las pisadas que se acercan y esperar.