Vuelvo a recordar la mañana en que aprendí a nadar como si hubiera sido ayer. La playa de cada día, la montaña sagrada, el muelle, el cielo, se detuvieron a mirarme y celebraron semejante hazaña —cuatro brazadas justas para llegar a la orilla— complacidos. Solamente les faltó aplaudir. Mi padre sonreía como el dios de las aguas. Por allí andabas tú, casi ya navegante. Más que un recuerdo es el aliento que nutre mis raíces y las tuyas, la cadencia del misterio en el que no he dejado de mecerme. En el que no has dejado de mecerte.