El paso del tiempo, en la guarida, es muy distinto. No se mide por horas, minutos o segundos. Si acaso, por bocanadas de aire, por el brillo de la luna o la densidad de los silencios. Se allegan, sin necesidad de invocarlos, recuerdos o voces no siempre imaginarias. El día, lento, va tomando forma con indiferencia. El lobo mira con los ojos bien abiertos. Y se hunde en la noche sin apremio, conforme con el mundo que se queda fuera. Con que se quede fuera. Hace tiempo que ha prescindido también de los aullidos.