miércoles, 23 de septiembre de 2020

No hay forma de eludir, noche tras noche, la amenaza sutil de los lobos en la niebla. Quién no escucha de vez en cuando los aullidos. Con más frecuencia en estos tiempos. Su más vieja virtud, más allá de la astucia, es la paciencia: esperan el momento en que bajamos la guardia, escudriñan nuestra debilidad con su mirada de acero. Anidan, tal vez, en lo más hondo de nuestras almas porque las saben desvalidas. A veces guardan silencio, pero sabemos que permanecen al acecho del primer síntoma de desánimo. Reaparecen de pronto en una revuelta del camino. En algún momento hay que hacerles frente, sostenerles la mirada. Cualquier herramienta es válida: el recuerdo tenaz de una tarde feliz cerca del mar, una esperanza frágil como la llama de una vela junto a la ventana, la decisión íntima —sin necesidad de esgrimir una razón— de resistir. Una vez más. Una más.