No deja de sorprender la rebeldía de eso tan raro que llamamos alma frente al deterioro cada día más plausible del cuerpo. Como si no fueran con ella los presagios cada vez más oscuros de las nuevas dificultades que se presentan de la noche a la mañana en actividades, movimientos y gestos que hasta hace nada, durante mucho tiempo, eran inconscientes, casi mecánicos. El alma, incólume en apariencia, mientras el edificio se viene abajo, mientras el mundo se derrumba, sigue pendiente de los fulgores de todo lo que existe. Como siempre.