Si nunca has sentido que el tiempo se detiene, ¿dónde miras cada día?, ¿cómo vives?
Nunca se pierde lo que se vive con los ojos abiertos.
Una misma palabra desata la tormenta o la desarma. Según soplen los vientos.
Búscate en los errores.
La mirada profunda tiende a ser una caricia.
No importa si llegar es fácil o difícil, sino que dependa solo de tu voluntad y tu deseo.
Si das con alguien que escuche, cédele la palabra.
Las palabras, de vez en cuando, también piden una tregua.
El dolor más profundo se queda en casa.
Debe cansar una barbaridad esa necesidad que algunos tienen de decir siempre la última palabra.
Lo que diste sin cálculo sigue siendo tuyo.
Sin el miedo quizá no llegaríamos a abrir algunas puertas.
En vez de hablar, daba portazos. Hasta que se pilló los dedos.
En algunas miradas llueve.
Qué fácil es equivocarse sin prever las consecuencias.
La casa, la verdadera casa, va siempre con nosotros, vivir sólo consiste en ir haciéndola habitable.
Traer a la realidad, de vez en cuando, la desnudez de los sueños.
El dolor espera a que estés solo para despojarse de sus máscaras.
Hay poemas que vuelven con la emoción casi intacta. Les sientan bien hasta los rasguños que les ha ido haciendo el paso del tiempo.
Algunos días se desbordan. Como los ríos. Otros se quedan estancados sin llegar a dar nada.
El tiempo, qué volátil, como si no pasara, cuando el alma está en su sitio. Qué pesadilla si espera algo que no llega.
Quedarse solo, qué barullo. La mayoría hace cualquier cosa con tal de no llegar a ese momento de estar con todos los que es.
Una virtud impagable de los sueños es su independencia del tiempo en que suceden.
Hay instantes que parecen querer salirse de la vida, como si no hubieran sucedido. Solo la memoria puede evitar que se queden a la intemperie.
Quien sabe perder lo tiene ganado casi todo.
La poesía, a veces, necesita guardar silencio.
Mantener la emoción en soledad no está al alcance de cualquiera.
Las cicatrices nos esculpen.
Cuánto me ha enseñado la seriedad de los niños, su forma de reír y sus silencios. No solo cuando juegan.
La belleza sobrevive a la catástrofe, se impone siempre a la destrucción que la rodea.
Lo más apropiado, a veces, es la quietud. No defenderse.