No son lo mismo la ausencia y la distancia: es distinto no estar que vivir lejos.
Algunos poemas, aunque a veces no lleguen a nacer, se asientan en el alma como puntos de apoyo sin los que todo se vendría abajo.
A veces salgo de casa con la única idea de encontrar el camino de vuelta.
Cuando llegues al fondo, no sigas escarbando, date la vuelta para mirar el cielo.
Si no contestas, el insulto se disuelve en el silencio como el azucarillo en el café.
Equivocarse no es un error demasiado grave, salvo que te empecines.
En la soledad también el tiempo, solidario, se arma de paciencia.
Entre tú y yo, migas de pan.
Hay mucha serenidad en las afueras, donde se junta la noche con el rumor de las olas.
Cuando se juntan en la misma persona el egocentrismo y el afán de poder, lo mejor es poner música.
Hay quien afila las palabras como si se tratara de cuchillos. Cúbrete como puedas.
Que la vida duela forma parte del viaje.
Cada vez que te enfrentas a lo desconocido abres una puerta para empezar a disfrutarlo.
Déjate llevar por ella, la naturaleza tiene siempre la última palabra.
Resulta admirable la forma que tienen los gatos de estar en este mundo: relajados sin dejar de estar alerta.
Un pesimista acérrimo no se rinde jamás, y ni cuenta se da de la contradicción.
Hay personajes que no pueden vivir un solo día sin representarse a sí mismos.
Modus vivendi. Que la alegría conviva con el miedo. Para que no esté solo.
La tristeza puede ser una manta para el frío. Como la ausencia, a veces, un estímulo.
Quien decide guardar silencio se queda siempre con la última palabra.
Cuando crece la agitación es cuando más conviene mantener la calma.
El día que comprendas que no necesitas casi nada de lo que tienes —si es que llega— empezarás a saber lo que te falta.
Algunos llevan la cápsula del veneno debajo de la lengua. Conviene estar alerta, en especial, cuando sonríen.
Se engañan a sí mismos y mantienen el engaño, eso es lo extraordinario, durante toda la vida.
Ningún verso nos conmueve tanto como el que ya no esperábamos.
¿Para qué vas a rendirte cuando no tienes nada que perder?
Los que aspiraban a negarte la libertad se dan cuenta demasiado tarde de que estaban enseñándote el camino.
Cuando el interlocutor es uno mismo no resulta tan fácil escurrir el bulto.
No deja de ser un milagro —en el mejor de los casos— o un riesgo —en el peor— encontrarse con alguien en la escalera.
Obsesionado con destacar a toda costa, ni cuenta se dio de que se quedaba atrás.