martes, 1 de agosto de 2017

¿Y si la heroicidad y la cobardía dependieran estrictamente del azar? A todos nos llega el momento de ser héroes o cobardes, siempre durante un corto espacio de tiempo –un día, unas horas, unos minutos– y sin que en la elección de uno u otro camino influya otra cosa que el impulso que en ese momento nos arrebate, que a su vez depende del estado en que se encuentre nuestro ánimo. Así que lo más procedente es no hacer juicios sumarísimos y reflexionar un poco sobre el comportamiento de las personas. Sin excluir el propio, naturalmente. ¿Quién establece la frontera entre la poquedad de ánimo y la prudencia, entre el heroísmo y la estupidez? ¿Se mide con la misma vara en todos los casos, sin considerar las circunstancias, la edad, la fortaleza o el desamparo, la fanfarronería o la delicadeza moral, la desdicha o la felicidad por la que el protagonista pasa en ese preciso momento? Los “valientes” gozan a menudo de una ventaja nada despreciable: van armados o están cerca de alguna forma de poder. Nadie puede ser un héroe a tiempo completo, salvo que fuera un santo o un semidiós; nadie tampoco es cobarde en esencia, en cada pensamiento o acción de su vida, salvo que se trate de un miserable. No es valiente el poderoso porque vaya a caballo, ni cobarde el súbdito porque incline la cabeza al paso de la comitiva. Sólo pretende que no se la rebanen. Para hacer un juicio objetivo habría que ver a esos dos con los papeles cambiados. Aunque sólo fuera un rato.

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