viernes, 15 de abril de 2016

Oyó la voz del padre frente al mar. “Déjate ganar por el misterio de lo que ves. En esta música se mece toda la sabiduría que cabe en el alma del mundo. Si la tuya vence la cómoda nostalgia de las cosas seguras y se abre a la noche, se nutrirá de la verdad que en este momento viene hasta nosotros con las olas. Si no sientes entonces todo el pánico y toda la belleza de la vida, jamás llegarás a comprender el viaje que los hombres han de realizar, el origen de sus tristezas, sus esperanzas, la fertilidad de su silencio y la nobleza de sus actos principales: el amor y la muerte. Dos derramamientos casi estériles que también, a menudo, se confunden. Si prestas atención y no vuelves la cara, tendrás el privilegio de contemplar el lado oculto de las cosas. Esta soledad inabarcable estremece para siempre a quien sabe sobreponerse a la incomprensión inicial. Es lo que sucede en las pausas de la música, un desvelo que protege de la abulia, el olvido y la indiferencia. Abre tu corazón al milagro de la fecundidad, celebra la llegada del frío a la médula de tus huesos porque te permitirá, en las horas de amargura que antes o después te alcanzarán, quebrar la fragilidad de los límites y sonreír ante el riesgo cierto de la muerte, rememorar el canto de todo lo que un hombre está obligado a aprender para llevar una vida digna de ese nombre, acorde con este misterio cuyo vigor destruye, cuya belleza duele”.

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