sábado, 24 de octubre de 2015

El misterio de una flor que empieza a marchitarse en el instante sublime de su esplendor. La veo morir en el salón de casa y su cesar callado me conmueve. Corto el tallo con un sentimiento de tristeza para que la parte todavía saludable de la planta no se debilite. ¿No hacemos también eso con nuestra vida, extirpar la rama que nos daña, regar –incluso con las lágrimas de la pérdida– lo que conserva algo de verdor?

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