miércoles, 26 de agosto de 2015

La angustia, imperturbable, me mira con la fijeza de una gata. Le hablo en voz baja: “acércate, compañerita, toma tu cuenco de leche y tus galletas, roe el esqueleto de este fraile, ahí, ahí, en las vértebras del cuello, donde a ti más te gusta, donde a mí más me duele”.

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