sábado, 27 de junio de 2015

Faro. Abro con cautela −quién sabe si excesiva− la puerta de mi casa. Bebo agua con ansia, cierro los ojos, me descalzo. Sólo entonces escucho la voz de la vida, que no se ha dejado atrapar en las redes de la oscuridad, y busco entre sus páginas la última palabra. O la primera. La que dejé encendida hace unas horas en medio de la noche para no extraviarme.

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