domingo, 22 de febrero de 2015



Una de las palabras que se me viene a la boca desde que era niño es niebla. Demasiadas veces, a decir de algunos. Nunca ha tenido para mí perfiles negativos. Para nadie: perfiles es lo que la niebla no tiene. Siempre he sentido que me protegía. Quizá le debo esa cordialidad a mi infancia en las orillas de aquel mar, al espectáculo inolvidable de los amaneceres que dibujaban, con la paciencia de un pintor que ha convertido la lentitud en método, trazo a trazo, los contornos de lo que entonces era el mundo. Lo sigue siendo muy dentro de mí, en ese cuenco de la sensibilidad al que no llega el polvo de los escombros que genera, silencioso, el paso del tiempo. Niebla es este dolor de huesos, este cansancio de cada noche. Niebla la emoción pequeña que me deja cada día, niebla el espejo y el recuerdo. Siempre le he visto una ventaja: me aguzó la mirada, me enseñó a profundizar a través de la veladura de ceniza que recubre las cosas, a esperar que la brisa, empujando con suavidad, desvele la verdad de la vida. Detrás de la niebla siempre hay algo. Una montaña inolvidable. El esbozo de una carretera que bordea la costa. Un castillo abandonado. Un barquito que vuelve en el amanecer con el motor al ralentí.

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